PRODUCCIÓN LITERARIA DE ESCRITORES DE LA GENERACIÓN DEL 30 - REALISMO SOCIAL
Enrique Gil Gilbert
- 1912 - 1973
-ecuatoriano, guayaquileño
EL MALO
Duérmase niñito,
duérmase por Dios;
duérmase niñito
que allí viene el cuco,
¡ahahá! ¡ahahá!
Y Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca, tratando de arrullar a su
hermanito menor.
—¡Er moro!
Así lo llamaban porque hasta muy crecido había estado sin recibir las aguas bautismales.
—¡Er moro! ¡Jesú, qué malo ha de ser!
—¿Y nuá venío tuabía la mala pájara a gritajle?
—Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare...
—No: le saca los ojitos ar moro.
San José y la virgen
fueron a Belén
a adorar al niño
y a Jesús también.
María lavaba,
San José tendía
los ricos pañales
que el niño tenía,
¡ahahá! ¡ahahá!
Y seguía meciendo. El cuerpo medio torcido, más elevada una pierna que otra, sólo la más prolongada
servía de palanca mecedora. En los labios un pedazo de res: el “rompe camisa”.
Más sucio y andrajoso que un mendigo, hacía exclamar a su madre:
—¡Si ya nuai vida con este demonio! ¡Vea: si nuace un ratito que lo hei bestío y ya anda como de un mes!
Pero él era impasible. Travieso y malcriado por instinto. Vivo; tal vez demasiado vivo.
Sus pillerías eran porque sí. Porque se le antojaba hacerlo.
Ahora su papá y su mamá se habían ido al desmonte. Tenía que cocinar. Cuidar a su hermanito. Hacerlo
dormir, y cuando ya esté dormido, ir llevando la comida a sus taitas. Y lo más probable era que recibiera
su cueriza.
Sabía sin duda lo que le esperaba. Pero aunque ya el sol “estaba bastante paradito”, no se preocupaba
de poner las ollas en el fogón. Tenía su cueriza segura. Pero ¡bah!
¿Qué era jugar un ratito?... Si le pagaban le dolería un ratito y... ¡nada más! Con sobarse contra el suelo,
sobre la yerba de la virgen...
Y viendo que el pequeño no se dormía se agachó; se agachó hasta casi tocarle la nariz contra la de él.
José de la Cuadra
-1903 - 1941
- ecuatoriano, guayaquileño
Olor a cacao
El hombre hizo un gesto de asco. Después arrojó la buchada, sin reparar
que añadía nuevas manchas al sucio mantel de la mesilla. La muchacha
se acercó, solícita, con el limpión en la mano.
—¿Taba caliente?
Se revolvió el hombre fastidiado.
—El que está caliente soy yo, ¡ajo! —replicó.
De seguida soltó a media voz una colección de palabrotas brutales.
Concluyó:
—¿Y a esta porquería la llaman cacao? ¿A esta cosa intomable?
Mirábalo la sirvienta, azorada y silenciosa. Desde adentro, de pie tras el
mostrador, la patrona espectaba. Continuó el hombre:
—¡Y pensar que ésta es la tierra del cacao! A tres horas de aquí ya hay
huertas...
Expresó esto en un tono suave, nostálgico, casi dulce...
Y se quedó contemplando a la muchacha. Después, bruscamente, se
dirigió a ella:
—Yo no vivo en Guayaquil, ¿sabe? Yo vivo allá, allá... en las huertas.
Agregó, absurdamente confidencial:
—He venido porque tengo un hijo enfermo, ¿sabe?, mordido de culebra...
Lo dejé esta tarde en el hospital de niños... Se morirá, sin duda... Es la
mala pata...
Adalberto Ortiz
- 1914 - 2003
- ecuatoriano, esmeraldeño
LOS CAYAPAS Y EL GRAN BRUJO TRIPA DULCE
El crepúsculo va estrechando, estrechando. La noche oprime, y lo hace santiguar. Entre las ondas caracolearon
redondos cinco pejescagua sin sangre. Recio nadar de los peces pangulangos. Roncaban los meros encuevados,
y el pescador desplegó la atarraya como un toldo de corona. Entre la sombra de los mangles, chapoteó un caimán
durante el aguaje grande, y brillando, agitándose, salieron los peces, sorprendidos trozos de luna blanca. La india
no quiso juyungo porque los muertos vuelven con hambre. Y juyungo es el malo, juyungo es el mono, juyungo
es el diablo, juyungo es el negro. Pero no eran melones sino talambos venenosos los que caían de vez en cuando
sobre las charcas tibias, plisando su superficie y turbando el reposo de los renacuajos y las cucarachas de agua.
Y el montuvio congo, adelante, con el poder de su macumba. Oía añejas historias de indios guánanos, ases de la
brujería en toda la costa del Pacífico, según el aguardentoso opinar de don Cástulo Canchingre. Guánanos de
Saija, magos portentosos que solucionan casos desesperados, capaces de poner un chimbo en la barriga a
muchas leguas de distancia, y sacar con la mano, de cualquier cabeza enferma, reptiles y cientopiés. Y de todos
los cuentos de guánanos, el que más gustaba a Ascensión, era ése que el patrón juraba y rejuraba haberlo vivido
allá en el litoral colombiano: —... Venía yo, camina y andar, camina y andar, cuando llegué a un río fangoso que
no corría para abajo, sino para arriba. Al otro lado no se veía más que sabana y sabana. Cuando en eso, suás,
que surgen de ese suelo pelado, un montón de casitas y árboles cargados de frutas. «Esta es la tierra de los
poderosos guánanos», me dice una voz misteriosa que estaba en el aire. Yo no tuve miedo, pues hasta la
presente no he conocido esa enfermedad. Antes, por el contrario, me calenté de ver que nadie venía a recibirme
y grité: ¡heeeeey! ¡Canoa! ¡Manden canoa! Al punto, como cosa de hadas, suás, surge de sopeton, al piecito
mío, un enorme lagarto de cuatro brazas, y abriendo Página 19 las tapas adornadas con tres carreras de dientes,
me habla: «Aquí no hay más canoa que ésta». Yo me tiré para atrás por siaca —dijo la iguana—, pero el maldito
se me vino encima y ordenó tronando: «Si no embarcas, te como». No tuve más remedio que montar en su
concha que me hincaba el trasero, y pasar a la otra orilla. Pero allá otra vez, suás, el caimán torna a su figura de
gente, que había sido un indiecito viejo y mal encarado... Amalgama de fantasías populares, hechos de sangre y
de aventuras, que ponía en juego don Cástulo a pesar de su amargura causada por su ligera deformidad, llenando
el alma pequeña de Lastre con anhelos de ver, si todo aquello era cierto; nuevas tierras, nuevos hombres, y
nuevas cosas, tanto que perdió u olvidó el temor a los tiburones. Admiraba el valor de los protagonistas y dudaba
un poco de las truculencias mágicas. Pero toda andanza se acaba.
Ángel Felicísimo Rojas
- 1888 - 1957
- ecuatoriano,quiteño
Joaquín Gallegos Lara
- 1909 - 1947
- ecuatoriano, guayaquileño
EL GUARAGUAO
Era una especie de hombre. Huraño, solo: con una escopeta de cargar por la boca y un
guaraguao. Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas y
plumaje negro. Del porte de un pavo chico. Un guaraguao es, naturalmente, un capitán
de gallinazos. Es el que huele de más lejos la podredumbre de las bestias muertas para
dirigir el enjambre. Pero este guaraguao iba volando alrededor o posado en el cañón de
la escopeta de nuestra especie de hombre. Cazaban garzas. El hombre las tiraba y el
guaraguao volaba y desde media poza las traía en las garras como un gerifalte. Iban
solamente a comprar pólvora y municiones a los pueblos. Y a vender las plumas
conseguidas. Allá le decían "Chancho-rengo". -Ej er diablo er muy pícaro pero siace er
Chancho-rengo... Cuando reunía siquiera dos libras de plumas se las iba a vender a los
chinos dueños de pulperías. Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo
menos cien. Chancho-rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no
necesitaba mucho para su vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte. Era un negro de
finas facciones y labios sonrientes que hablaban poco. Suponíase que había venido de
Esmeraldas. Al preguntarle sobre el guaraguao decía: -Lo recogí de puro fregao... Luei
criao donde chiquito, er nombre ej Arfonso. -¿Por qué Arfonso? -Porque así me nació
ponesle. Una vez trajo al pueblo cuatro libras de plumas en vez de dos. Los chinos le
dieron cincuenta sucres. Los Sánchez lo vieron entrar con tanta pluma que supusieron
que sacaría lo menos doscientos.
Demetrio Aguilera Malta
- 1909 - 1981
- ecuatoriano, guayaquileño
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